9 de enero de 2015

¿Por qué los niños no leen?


Últimamente se dice que a los niños no les gusta leer, que están tan ensimismados con la televisión, la computadora y los videojuegos, que los libros les parecen aburridos. Otros sostienen que la culpa es de los maestros, que no les enseñan a leer en la escuela. Pero, ¿qué tanto hay de cierto en todo esto?

Este artículo de la ABC nos trae algunos de los verdaderos motivos por los que a veces los niños no leen:

«Haced lo que queráis, porque de todas maneras lo haréis mal», decía Sigmund Freud a las madres. Quizá fuera demasiado extremo, pero lo cierto es que con toda la buena voluntad del mundo, a veces los padres se equivocan. Todos querrían ver a sus hijos devorando libros y disfrutando al leer mientras aprenden sobre mil y un asuntos, pero en su empeño por fomentar la lectura, el tiro les sale por la culata. ¿Qué falla?

No «hay que leer»
Ya lo decía el escritor francés y profesor de literatura Daniel Pennac en el ensayo «Como una novela» con el que lleva abriendo la mente a muchos padres y educadores desde hace 20 años: el verbo leer, como el amar o el soñar, «no soporta el imperativo». Leer es un derecho, no un deber. Es inútil obligar a leer y además resulta contraproducente porque no se transmite una afición por la fuerza.

No se contagia un «virus» que no se tiene
Si los padres no leen o sus hijos no les ven leer, difícilmente podrán convencerlos de que se lo van a pasar bien leyendo. Las personas a las que les gusta leer normalmente han tenido algún familiar que les ha transmitido la pasión por los libros. La falta de tiempo no es excusa porque cuando algo realmente se quiere, se busca el tiempo.

La lectura no siempre es en soledad
Leer a un niño «es una práctica fundamental, tal vez la más importante y eficaz, sobre todo con los niños que tienen dificultades para leer y les cuesta un gran esfuerzo», señala el maestro, licenciado en Historia y logopeda Pablo Pascual Sorribas. Al escuchar a sus padres, comprenden mejor el mensaje y disfrutan con la historia.

¿...y por qué en silencio?
«¡Extraña desaparición la de la lectura en voz alta. ¿Qué habría pensado de esto Dostoievski? ¿Y Flaubert? ¿Ya no tenemos derecho a meternos las palabras en la boca antes de clavárnoslas en la cabeza? ¿Ya no hay oído? ¿Ya no hay música? ¿Ya no hay saliva? ¿Las palabras ya no tienen sabor? ¡Y qué más! ¿Acaso Flaubert no se gritó su Bovary hasta reventarse los tímpanos? ¿Acaso no es el más indicado para saber que la comprensión del texto pasa por el sonido de las palabras de donde sacan todo su sentido?», escribía Pennac.

No preguntar constantemente «¿qué has leído?»
Examinar a los niños de cada capítulo o cada libro convierte un placer en un examen, con la ansiedad que de ello se deriva. Conversar sobre un libro que se ha leído fomenta la lectura, siempre que el niño no se sienta como en un banquillo. Es el «derecho a callarse» de todo lector, porque ¿a quién no le molesta que le pregunten qué ha entendido?

No a los clásicos por obligación
La escritora Ángeles Caso describía en el artículo «Lectores del siglo XXI» cómo se enamoró de la literatura: «No recuerdo que mi padre me negase nunca un libro. Ni por bueno ni por malo, ni por demasiado sencillo ni por demasiado complicado, ni por moral ni por inmoral. En mi casa leíamos con la misma fruición los «Cuentos del conde Lucanor» y las historietas de Tintín, el «Poema del Cid» y las trastadas de Guillermo Brown...». Y añadía: «Si alguna vez le devolví un libro sin terminarlo, lo recogió con la misma sonrisa con que me lo había entregado, sin hacerme sentir culpable o tonta por mi desinterés». Los padres pueden alentar y estimular, pero los lectores tienen derecho a elegir.

No al «hasta que no lo acabes, no hay televisión»
La televisión se convierte así en un premio y la lectura en un trabajo, en el peaje necesario hasta la tele, una contradicción. Y puede ser la tele, o la consola, o los dulces, o cualquier otra cosa.

Por ello, este decálogo es muy importante:

(Haz click en la imagen para verla en grande)

Y recordemos: se trata de fomentar un gusto, no de crear una obligación. Que el niño escoja sus lecturas, cuándo y dónde leer, si quiere estar solo o acompañado, si quiere o no terminar un libro... Al final uno como padre sólo debe hacer el viaje a su lado.

3 comentarios:

  1. Excelentes consejos!
    Soy de comentar poco, y en esta entrada poco más se puede decir xD pero es un tema muy interesante y digno de darle difusión.

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  2. Me encontré con este artículo anoche y me quede pensando todo lo que se dice en él, me ha encantado el decálogo que nos muestran porque confieso que en alguna ocasión pase algunas páginas de un libro y después me sentí culpable, pero es cierto, si algo no te gusta simplemente tienes el derecho de dejarlo.

    Saludos :D

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  3. Hola!

    Qué buen artículo. Confieso que he pecado al intentar premiar con ver un poco de tele después de leer unas líneas a mi pequeña hija. Corregiré eso. Asimismo, si Dostoievski y Flaubert solian leer en voz alta suena atractiva la idea de hacerlo nosotros también.

    Saludos.

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